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Los enemigos del papa Francisco

NACIONAL | 22 de Agosto de 2017 - 16:37:05

Francisco está bajo el intenso fuego de la disidencia. Está rodeado de judas y en la mira de mafiosos y políticos que escondían sus fortunas en el banco vaticano y de grupos terroristas por sus mensajes de rechazo a la utilización de Dios para justificar masacres. “Repugna a los cristianos la idea de que los terroristas suicidas sean llamados mártires”, dice el papa.

Desde la misma noche de su escogencia comenzó la rebelión, encabezada por la curia vaticana, que aisló a Juan Pablo II del gobierno de la Iglesia y provocó la renuncia de Benedicto XVI.

La Stampa de Italia reveló documentos del embajador de Estados Unidos en el Vaticano, redactados a las pocas horas de la elección, y remitidos al vicepresidente Joe Biden, en los que aseguraba que “funcionarios de la curia estaban muy sorprendidos y nerviosos” por el resultado del cónclave. “El papa –agregó– hereda también una batalla interna de poder por la gestión de la banca vaticana”.

“Yo no tengo miedo”, respondió el papa ante el toque de tambores de guerra. “Soy inconsciente, pero no tengo miedo, sé que nadie se muere en la víspera”, le aseguró el 29 de julio de 2013 a O’Globo de Brasil.

Uno de los principales enemigos internos se configura en la decisión de Benedicto XVI de permanecer en el Vaticano y de no haber elegido para su retiro un lugar lejano a la Ciudad Eterna. Aunque Ratzinger en la cuenta regresiva al cónclave prometió “obediencia” a su sucesor, con su presencia tan cerca ha llevado al papa a mantener lenta la marcha de su revolución. No quiere incomodar más al “abuelo sabio”, como llama al pastor alemán.

Un nutrido grupo de los enemigos del papa permanece entre los cardenales mayores de 80 años, que ya perdieron el derecho a votar en un futuro cónclave y que fueron formados en la doctrina inspirada en el Renacimiento. “No hay necesidad de convertirse en cardenal para creerse príncipe”, repite Francisco.

La mayoría de los oponentes del papa alimentan el fuego desde las sombras más oscuras de los palacios vaticanos. Ya hay cinco cardenales que le salieron al frente: el estadounidense Raymond Leo Burke, prefecto del Tribunal Supremo de la Signatura Apostólica hasta que Francisco lo sacó; Gerhard Müller, durante cinco años prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, y a quien el pontífice defenestró en junio pasado para demostrar que no está dispuesto a tolerar la disidencia; y con ellos los cardenales Walter Brandmüller, Carlos Caffarra y Joachim Meisner. Los príncipes de la Iglesia, pero sobre todo Burke, han insinuado que el papa camina hacia la herejía.

 “Se escandalizan ante cualquier apertura que no encaje con sus esquemas mentales, ante cualquier caricia que no corresponda a su forma de pensar y a su pureza ritualista”, les ha respondido Bergoglio.

A la curia romana le molestan tres aspectos: los cambios a la doctrina, la cruzada contra la corrupción –“Los obispos deben ser hombres que no tengan psicología de príncipes”– y la transformación de la figura del papa-rey, a cura callejero. “No soy un príncipe de la Edad Media”, dice Bergoglio.

Como es políticamente incorrecto atacarlo por la “Iglesia pobre y para los pobres”, el único flanco posible es sostener que el papa atenta contra “la integridad de la fe católica”.

El grito más fuerte de sus enemigos hacia el cielo comenzó cuando Francisco les abrió la puerta a los divorciados vueltos a casar. Para los ultraconservadores, los separados están condenados a la hoguera eterna.

El papa sostiene que no existen penas irredimibles: “Esto exige, sobre todo por parte del sacerdote, un discernimiento espiritual atento, profundo y prudente para que cada uno, sin excluir a nadie, sin importar la situación que viva, pueda sentirse acogido concretamente por Dios”.

Para el ratzingerismo, esto es relajamiento moral. El matrimonio es un “sacramento que ningún poder en el cielo o en la Tierra tiene el poder de cambiar”, dijo el cardenal Müller en febrero, en un desafiante cuestionamiento a Francisco. Burke, aún más directo, aseguró que “hay una fuerte sensación de que la Iglesia está como una nave sin timón… hay quienes sufren un poco de mareo, porque para ellos parece que la nave de la Iglesia ha perdido la brújula”.

Hay dos documentos sobre los cuales los enemigos arrecian el fuego. La carta apostólica Misericordia et misera y la exhortación Amoris Laetitia, sobre el amor en la familia. Este segundo escrito les huele a herejía a los contradictores de Francisco.

En una reciente carta al papa, redactada por el cardenal Caffarra, aseguró: “Beatísimo padre, ya ha transcurrido un año desde la publicación de ‘Amoris Laetitia’. En este periodo se han publicado ciertas interpretaciones de algunos pasajes obviamente ambiguos de la exhortación postsinodal, no divergentes de, sino contrarios al magisterio permanente de la Iglesia”.

Para los purpurados opositores las dudas radican en que “no solo el acceso a la Santa Eucaristía de quienes objetiva y públicamente viven en una situación de pecado grave y quieren permanecer en ella, sino también una concepción de la conciencia moral contraria a la tradición de la Iglesia. Y, así, lo que sucede –¡qué dolor es constatarlo!– es que lo que es pecado en Polonia es un bien en Alemania, lo que está prohibido en la Arquidiócesis de Filadelfia es lícito en Malta. Etcétera”.

El pontífice le ha dicho a los disidentes: “El primer deber de la Iglesia no es repartir condenas o anatemas, sino proclamar la misericordia de Dios”.

La resistencia contra Bergoglio incluso ha esgrimido la tesis de que hay dos papas. El arzobispo alemán, prefecto de la Casa Pontificia y secretario personal de Ratzinger, Georg Gänswein dijo: “Hoy en día no hay dos papas, sino un ministerio expandido, con un miembro activo y uno contemplativo”.

Según Gänswein, Ratzinger abdicó a gobernar la Iglesia desde lo administrativo, pero no en lo espiritual. En consecuencia: Francisco y Benedicto conducen de manera simultánea la misma barca. “Tampoco se ha aislado en un monasterio, sino que permanece en el Vaticano, como si solo hubiese dado un paso al lado para hacer espacio para su sucesor y una nueva etapa en la historia de la Iglesia”. Tras el escándalo, Ratzinger desautorizó la tesis: “La obediencia a mi sucesor nunca ha sido puesta en discusión”. “Es una guerra –ha sostenido Francisco– que no se hace con las armas que conocemos, se hace con la lengua”.

El papa ha clasificado a sus enemigos. Las resistencias escondidas, que son “corazones atemorizados y petrificados”, que se alimentan de “palabras vacías del gatopardismo espiritual” y las resistencias “malévolas que crecen en mentes distorsionadas y se presentan cuando el demonio inspira intenciones malas”.

Francisco le ha advertido al clero que la reforma no es un maquillaje: “No son las arrugas en la Iglesia las que se deben temer, ¡sino las manchas!... No sea la curia romana una burocracia, pretenciosa y apática, solo canonista y ritualista, una palestra de ambiciones escondidas y de sordos antagonismos”.

Fuente: Semana.com




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