Nicaragua bajo el signo de Daniel Ortega: 19 años de un poder que observa con recelo el espejo de Venezuela

Daniel Ortega alcanza casi dos décadas ininterrumpidas al frente de Nicaragua en un clima de hermetismo total. Mientras el mandatario consolida su control interno, el panorama internacional y la reciente presión de Estados Unidos sobre el gobierno de Nicolás Maduro han encendido las alarmas en Managua ante posibles maniobras similares contra su administración.


El calendario político en Nicaragua marca un hito que pocos países en la región comparten: Daniel Ortega cumple 19 años consecutivos en la presidencia. Lo que comenzó en 2007 como un retorno a la democracia bajo las banderas del sandinismo, se ha transformado, a ojos de la comunidad internacional, en un sistema de control absoluto donde la disidencia parece no tener espacio.

Sin embargo, este aniversario no llega con un ambiente de celebración festiva, sino con un aura de cautela. El palacio presidencial en Managua sigue de cerca los movimientos de Washington, especialmente tras el reciente endurecimiento de posturas de Estados Unidos frente a líderes autoritarios en el continente.

El «Efecto Maduro»: Un fantasma que recorre Managua

No es secreto que la relación entre Nicaragua y Venezuela es estrecha, pero esa misma cercanía es la que hoy genera tensiones. Tras los operativos y las recompensas ofrecidas por la justicia estadounidense contra figuras del círculo cercano de Nicolás Maduro, el entorno de Ortega ha comenzado a blindarse.

Expertos en geopolítica sugieren que el temor a un operativo de presión máxima, similar al aplicado contra Caracas, es el motor que impulsa las últimas decisiones del gobierno nicaragüense. Este escenario ha llevado a un aumento en la vigilancia interna y a un discurso de soberanía que intenta anticiparse a cualquier intento de «intervencionismo» por parte del gigante del norte.

Un país en silencio y una oposición en el exilio

Durante estos 19 años, la estructura del poder en Nicaragua se ha rediseñado. La figura de Rosario Murillo, vicepresidenta y esposa de Ortega, ha cobrado un protagonismo sin precedentes, configurando lo que muchos analistas llaman una «dinastía familiar».

Mientras tanto, la realidad en las calles es de una calma tensa. Con la mayoría de los líderes opositores, periodistas y activistas en el exilio o despojados de su nacionalidad, el debate público ha desaparecido. Esta falta de contrapesos es lo que ha permitido a Ortega mantenerse en el sillón presidencial por casi dos décadas, superando incluso los tiempos de la revolución que lo dio a conocer al mundo en los años 70.

El desafío de la legitimidad internacional

A pesar del control interno, el aislamiento económico y las sanciones internacionales siguen siendo el talón de Aquiles del gobierno. Nicaragua se encuentra en una encrucijada: mantener el puño de hierro para asegurar la permanencia en el poder o ceder espacios para aliviar la presión externa que amenaza con asfixiar las finanzas estatales.

Cumplir 19 años en el poder es, sin duda, una muestra de resiliencia política, pero también es el recordatorio de un modelo que se enfrenta a un mundo cada vez más hostil a las permanencias indefinidas. El futuro de Nicaragua se escribe hoy entre la resistencia de Ortega y la incertidumbre de lo que Washington decida hacer a continuación.

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