
Cuando Colombia y gran parte de América Latina se preparan para iniciar un nuevo año escolar, el debate de fondo sigue ausente de la agenda política: ¿para qué y para quién está educando el Estado?
Las aulas continúan reproduciendo un modelo educativo heredado, centralista y obsoleto, diseñado no para formar ciudadanos libres, sino para sostener un sistema económico que necesita trabajadores dóciles, endeudados y dependientes. Una crítica que, aunque incómoda para los gobiernos de turno, ha sido planteada con claridad por el empresario y autor estadounidense Robert Kiyosaki.
Desde hace décadas, Kiyosaki advierte que la educación tradicional no enseña a comprender el dinero, las inversiones ni el funcionamiento real de la economía. “Las escuelas enseñan a trabajar por dinero, pero no a hacer que el dinero trabaje para ti”, resume el autor de Padre Rico, Padre Pobre, una frase que en América Latina adquiere un peso político profundo.
En Colombia, el panorama es revelador: millones de jóvenes egresan cada año del sistema educativo sin nociones básicas de educación financiera, atrapados en la falsa promesa de que un título garantiza estabilidad. El resultado es una generación que termina subempleada, endeudada y sin herramientas para romper el círculo de la pobreza.
No es un accidente. Es una decisión política.
Mientras el discurso oficial habla de “calidad educativa”, los currículos siguen evitando temas incómodos como el manejo del dinero, el emprendimiento real, la inversión o la creación de activos. El sistema no forma emprendedores; forma empleados para un mercado laboral cada vez más precario.
En América Latina, donde la desigualdad es estructural, la educación se ha convertido en un instrumento de control social. Se enseña a obedecer, a cumplir horarios y a aceptar salarios mínimos, pero no a cuestionar las reglas del juego económico ni a construir independencia financiera.
Kiyosaki, a través de iniciativas como Cashflow Technologies y su juego educativo Cashflow, propone algo que los Estados se niegan a asumir: educar para la libertad económica. No para enriquecer a unos pocos, sino para evitar que las mayorías sigan siendo funcionales a un modelo que concentra riqueza y socializa la pobreza.

A las puertas de un nuevo año escolar, la pregunta no es pedagógica, es política:
¿seguirá Colombia educando jóvenes para sobrevivir, o se atreverá a educarlos para ser libres?
Porque mientras el sistema educativo continúe formando mano de obra barata en lugar de ciudadanos críticos, la pobreza no será una falla del modelo. Será su producto.