La noche en que el poder se detuvo en Caracas

La madrugada no fue silenciosa en Caracas.

Mientras la ciudad seguía su curso habitual entre apagones intermitentes y el murmullo lejano de los cerros, una noticia comenzó a filtrarse como un susurro imposible de contener: Nicolás Maduro, presidente de Venezuela, había sido detenido.

Las primeras versiones no tuvieron rostro ni firma. Solo mensajes cortos, movimientos inusuales en los alrededores del Palacio de Miraflores y un despliegue de seguridad que rompió la rutina de la capital. Con el paso de las horas, el silencio oficial se convirtió en el principal protagonista, aumentando la tensión dentro y fuera del país.

Para muchos venezolanos, la escena parecía impensable. Durante más de una década, el poder se mostró inamovible, sostenido por discursos de resistencia, control institucional y una narrativa de confrontación permanente con la comunidad internacional. Sin embargo, esta noche, la historia pareció girar abruptamente.

Las calles amanecieron expectantes. Algunos ciudadanos salieron temprano, otros prefirieron resguardarse. No hubo celebraciones masivas ni estallidos inmediatos; predominó la incertidumbre, el recuerdo de crisis pasadas y el temor a lo que podrá venir. En los barrios populares, donde el peso de la escasez ha sido constante, el rumor se mezcló con la prudencia.

Analistas coinciden en que, confirmado el hecho de tal magnitud, Venezuela enfrentará uno de los momentos más decisivos de su historia reciente. No solo por la figura de Maduro, sino por lo que representa: años de polarización, migración forzada, sanciones, protestas reprimidas y una sociedad fracturada.

Mientras tanto, el país contenía la respiración.

Porque en Venezuela, más que la noticia, el futuro siempre llega envuelto en silencio.

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